PEREGRINACIÓN A NANGCHEN (KHAN)
La vivencia de este peregrinaje empezó en el momento en que decidí ir a Nangchen; sólo la decisión movió mi karma de tal manera que inicié una auténtica purificación que llevó a plantearme mi vida en muchos sentidos.
No comprendía y sigo sin comprender del todo el motivo que me llevó allí, pero es tal el impacto que me ha supuesto que a veces me preguntó si volveré a otro sitio tan especial. Seguro que no.
En muchos sitios, a personas, budistas y no budistas, había oído comentar que Tíbet es un lugar especial. Están en lo cierto y lo que lo diferencia, fundamentalmente, no es su belleza, su cultura, sus gentes, la altitud..., ciertamente hermosos, sino que Guru Rimpoche se respira por todos los rincones y te rodea la paz y la luz de tantos yogis y yoginis que han encontrado el despertar en esas tierras. Me sentía abrazada por la melodía de su mantra, que apenas podía quitar de mi cabeza durante el día y la noche, ya que la altitud no me produjo más que síntomas ligeros, pero no podía dormir.
Tuve la gran bendición de no enfermar y poder sobrellevar las dificultades del viaje que se me hicieron más leves de lo previsto.
Sin embargo, lo más impresionante fue para mi ver a toda la gente congregada para recibir la iniciación a la prosperidad de manos de Su Santidad Gyalwang Drukpa sin moverse durante horas con sus bebes, incluso recién nacidos, a pesar de la granizada impresionante con la que todos fuimos bendecidos. Era la primera vez que lo veían en esta vida y, probablemente, la última. La sonrisa y la amabilidad de esas gentes viene conmigo a pesar de que la gran fiesta por el 800 aniversario del linaje se transformara en el adiós de Trulshik Adeu Rimpoché.
Son gente de pocas comodidades, de condiciones de vida muy duras pero incluso con todo ello, se muestran satisfechos, felices y agradecidos a la vida.
Como madre de una niña de 4 años y otra de 2, me sentía tremendamente atraída por las madres y niños y niñas tibetanas. Si la vida es dura en el Tíbet, más si se es mujer. Disfrutaba viendo reírse y corretear a los niños, que a pesar de su falta de higiene, se veían fuertes y robustos para soportar esa forma de vida, en muchas ocasiones. Se volvían locos por las fotos. Un monje pequeño me tenía hechizada: su mirada, su sonrisa, su picardía calaron hondo en mi de forma que han dejado huella.
La idea que me había hecho del Tíbet nada tiene que ver con la que tengo ahora: su belleza, su serenidad, su luz y su sencillez han cautivado mi corazón.
Quiero aprovechar esta oportunidad para agradecer a Pilar Arrieta toda su labor para el linaje Drukpa introduciendo a Su Santidad en España, trabajando sin descanso en el centro de San Sebastián y, personalmente, por toda su ayuda, experiencia y sabiduría puesta a mi servicio sin los cuales todo esto no habría sido posible
Ainhoa Ontoria
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